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jueves, 10 de enero de 2013

Sofy y los niños



 Mediados de noviembre. Viernes. Cinco de la tarde. Coincido en el portal con un vecinito de unos 7 años de edad. Le invito a ver al gato, a Sofy. Deja la mochila en su casa y se acerca conmigo a la puerta. Abro. Sofy enseguida sale al pequeño hall, como siempre. Pero esta vez no se da vueltas y revolcones por el suelo del hall. Al ver al niño se frena, le mira, se le acerca, le huele los zapatos, para finalmente entrar corriendo en casa y desaparecer.

¿No estará incómoda sobre tanto papel?
 
Es la primera vez en nueve meses que Sofy ve a un niño. Pero, tras unos segundos de duda y curiosidad, ha hecho lo mismo que cuando nos visita un adulto: Huir y esconderse.
Entramos en casa y buscamos a Sofy. No aparecía por ningún sitio. Aparté el sofá del comedor y allí estaba, escondida tras el sofá.
Una vez descubierta no tardó en vencer el miedo al intruso y saltó a su rincón del sofá. Me senté a su lado y le indiqué al niño que se acercara despacio y que la podía acariciar sin ningún miedo, pues no arañaba ni mordía. Y así lo hizo.
Tras unos diez o quince minutos acariciando el pelo del gato de vez en cuando, su atención se desvió hacia una pequeña colección de rompecabezas de madera que se veían tras la vitrina del mueble bar. Pero esa es otra historia.

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