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lunes, 16 de enero de 2017

Sofy en las alturas de la cómoda



Sofy ya tiene 5 años. Mayoría de edad para casi todos los tipos de gatos. Y se nota. Numerosas veces, tras jugar algunos minutos con la pelota, la deja de repente y se va al comedero; toma unos bocados de pienso y, relamiéndose los bigotes, vuelve con energía a jugar con la pelota. Ya no aguanta como antes mucho tiempo seguido de ejercicio. Será por el peso, además de por la edad, pues pesa casi 6 kilos; y eso es obesidad para casi todos los gatos. Pero para Sofy no, pues según la veterinaria, para su raza ese peso aún es normal en gatos adultos.

Sofy, sobre la cómoda del pasillo

La edad, no tanto como el peso, se nota también en los saltos y carreras. A medida que se ha hecho mayor, la frecuencia de saltar a las alturas ha disminuido. De todos modos Sofy no es de los gatos que les gustan las alturas, o mejor dicho saltar a las alturas.
Mi anterior mascota, Mysy, mitad angora, mitad siamés, al menos hasta bien entrada en la edad madura, la encantaba saltar a los sitios más altos, aunque en algunos casos luego no se atreviera a bajar.
Sofy calcula mucho la altura antes de saltar; incluso a veces, a pesar de su curiosidad o interés, desiste.
Una cómoda en el pequeño distribuidor del pasillo, de metro y medio de alto. En la cúspide una tarima plana. Y sobre ella dos figuras decorativas y un tiesto con flores de plástico, todo muy atractivo para la curiosidad de un gato.
Pero durante cinco años no la vi ni en una sola ocasión intentar saltar encima de la cómoda. Y es que metro y medio es una considerable altura.
Lo era ciertamente. Pero no tanto como la curiosidad felina.

Sofy moviendo peligrosamente el florero.

Unas pequeñas obras en la vivienda… Una silla que se deja en mitad del pasillo, al lado de la cómoda… Y ocurrió lo propio: En cuanto Sofy vio la silla saltó sobre ella, para inmediatamente después saltar sobre la cómoda. 
¡Qué inteligente utilizar la silla como trampolín para salvar una altura hasta ahora inalcanzable!.
Al percatarme de ello, tomé la cámara de fotos y me acerqué para hacerla algunas instantáneas.
Olfateó las dos figuras de porcelana, dos pequeños dragones, y se desentendió de ellos enseguida. Estaba claro: No olían a nada, no eran animales, sólo eran cosas sin interés.
Olfateó el jarrón de cristal, luego las flores de plástico, y enseguida comenzó a morder y tirar de una finas y largas ramitas verdes que completaban la decoración del florero.
Y el florero, claro está, casi sin peso, comenzó a deslizarse peligrosamente. Tuve que intervenir y separar a Sofy del florero. 
Tras dos o tres veces de intentar acercarse al mismo, al ver que yo no la dejaba hacerlo, saltó a la silla y luego al suelo. Rápidamente retiré la silla del pasillo, pues de lo contrario el jarrón de cristal pronto habría “pasado a mejor vida”.

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